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La mejor de mi vida

Mi Historia en Talleres... Por Fabian Alvarez

La mejor de mi vida

Cada tanto se me da por recordar la mejor atajada de mi vida: con mano cambiada, sobre el ángulo superior izquierdo de mí arco, una noche de 1988.

Dicho así suena como un recuerdo digno, respetable. Porque esa atajada, la mejor de mi vida, se produjo en un partido contra el Lobo, una noche d…e diciembre, primer día de diciembre de 1988.

Pero así las cosas, me guste o no me guste. Uno no puede elegir el fulgor de los momentos, ni su oportunidad ni su contexto.

Seria mejor que mi atajada, hubiera tenido las cámaras de televisión atentas (en esos años el único partido que filmaron de Talleres, fue contra el San Martín de Troitiño y la finales del 86), para que hoy 25 años después, recupere en un videocasete todos los brillos, y los flashes, y el uhhhhhh prolongado de los hinchas atónitos. Pero no se me dio, me quedo esa leyenda chiquita, y en mis oídos el relato de Carlos Torres. Esa noche con mis 15 años entre a la cancha con la radio de mi viejo para escucharlo como el en casa, a pesar que ese año ya había partido a la eternidad y solo me dejo esos guantes y los botines que esa noche tendrían su esplendor.

Unos metros afuera de mi área, González Firpo, delantero del lobo, grandote y dúctil, se dispone a pegarle un terrible derechazo a una bola que le ha quedado en el mejor lugar y del mejor modo. No le llega picando ni pegada al piso. No le llega girando sobre si misma en un efecto extraño. No le viene a la pierna menos hábil. Nada de eso. Le llega perfecta y al lugar justo. Le llega ideal para retroceder la pierna derecha y generar el más amplio y enérgico recorrido y darle con alma y vida y mandarla a guardar en mi inmenso arco del expreso, justo ese que da al hogar de ancianos con el partido ganándolos nosotros 2 a 1.

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Ahí estoy yo. Con mis 15 años y mis nervios. Todavía conservo el sueño de atajar en serio. De que alguien además del técnico Héctor López, nos de alas a los pibes. Mientras la mayor concentraba para las finales, para el torneo del interior, justamente contra el Lobo.

Atajo desde siempre, o desde que descubrí que en el arco puedo ser distinto, necesario útil a los míos. Atajo desde que me di cuenta a los 6 años que para ser arquero lo más importante no es el talento, sino la voluntad, las agallas, los huevos. Por supuesto que hay que tener técnica. Volar de palo a palo. Achicar a los delanteros que entran con pelota dominada. Descolgar centros. Pero sobre todo para ser arquero hay que estar dispuesto a tapar con la cara, la panza, las piernas, los dientes o la espalda, con lo que sea con tal de que la pelota no entre. Supongo que a los 15, voy al arco, entre otras cosas, porque combino cierta predilección por la soledad, una buena disposición para el sacrificio y una resignada serenidad para aceptar los golpes y la responsabilidad.

Cuando sea más grande, quizás busque otro lugar en la cancha. Estaré harto de los dolores en las rodillas, de las torceduras de los dedos, del recuerdo del gol que me hice yo solito y nos hizo perder aquel partido. Pero en el 1988 todavía no. Porque conservo la esperanza, de que me vean, de que me llame la Selección, de ascender con el expreso a los Nacionales.

Pero volvamos al delantero del Lobo, y a su jugada de gol. González Firpo, robusto, alto, tiene las piernas larguísimas. Es veloz, de tranco largo y sobre todo le pega a la pelota con un fierro. Seco esquinado, un peligro. En ese futbol donde todos tratan de meterse al arco con pelota y todo (que a mi me favorece por que lo que mejor que se hacer es salir a achicar, ahora también salgo pero ese es otro cantar), es uno de los pocos delanteros jóvenes que se animan a pegarle desde afuera y como le pegaba el animal ese.

Y entonces arranca la mejor atajada de mi historia. Por el rival, por el derechazo que va a sacar, porque la pelota va a ir al ángulo superior izquierdo del arco que da al hogar de ancianos, y por que yo se todo eso un segundo antes de que eso ocurra. Es que a veces, el futbol nos permite eso. Saber las cosas que van a pasar antes de que pasen. Saber si a tu equipo van a embocarlo a la primera de cambio. Saber si ese petisito que acaba de entrar y es un desconocido, es un crack o es un paquete. Saber si ese clásico lo vas a ganar o te van a llenar la canasta. Una especia de gimnasia de anticipación, producto de jugar y jugar, de mirar y mirar, durante horas y horas y años y años de futbol.

Por supuesto que no sucede siempre, de lo contrario, los futboleros mereceríamos manejar los hilos de la humanidad y el destino de la patria. También nos equivocamos seguido y profundo. Pero a veces no. A veces sabemos lo que va a ocurrir antes de que pase. Y experimentamos la sensación gozosa y fugaz de que la vida nos da bola, y no al revés como casi siempre.

Y yo a los quince, esa noche no es como todas, por que atrás en la tribuna se asoma esa bandera que siempre admire una bandera clásica, corriente, bella, y esa noche esta. Apenas lo veo a González Firpo preparando el bombazo me adelanto a dar un paso hacia mi izquierda para tomar envión. No necesito sentir el golpe seco que su pie derecho le pega a la pelota. No necesito ver la trayectoria. Todo eso ya lo se. Lo único que preciso es seguir subiendo en el aire. Yendo y yendo, hacia arriba y hacia la izquierda, hacia el ángulo esquivo de mi arco. No voy detrás de la pelota a intentar sacarla. Voy al encuentro del balón, que no es lo mismo. Mi cabeza y mi vuelo tan por delante del asunto que casi se trata de colgarme del aire para esperarlo.

Igual, es un balinazo, claro. Un tiro recto que viene casi en llamas. Por eso tengo que girar en el aire y cambiar la mano. Para lograr ese poquito de aceleración cósmica que me falta. Para colmo de bienes, algún anticipado de los delanteros lobos, esta gritando el gol, tengo tiempo de escucharlo, mientras el relato de Carlos Torres se desespera a través de la radio detrás de ese palo izquierdo que esta sintiendo todo. Y no hay nada más lindo que tus rivales griten gol y encima sean los Lobos, en una pelota que vos, solo vos, que sos el arquero, sabes que no va a ser gol. Apropiarte del grito, engullirlo, aplastarlo entre tus manos enguantadas, en esos guantes que me compro mi viejo en la terapia intensiva, sabiendo que ya se iba y me dejo algo para luchar. Y mientras lo haces, anticipas el grito de los tuyos, que no pueden creer que los hayas salvado, que hayas sabido salirle al cruce al destino. Ese grito agradecido que te compensa de todos los golpes y todas las quemaduras y todos los insomnios que te mamaste y te vas a seguir mamando por los goles idiotas que te has comido y habrás de comerte.

Y ahí va el manotazo con mano cambiada, y mientras caigo al suelo, mientras el césped me recibe ya fuera de los limites de la cancha y el grito del relator se estremece en el palo, y la pelota vuela lejos, escucho también un clap clap clap al que no estoy acostumbrado unos aplausos detrás de esa bandera clásica, corriente y bella que esta atrás del arco en la tubular de madera.

La bola en llamas rumbo al ángulo. Mi vuelo tenaz de arquero esclarecido. La mano cambiada, el cielo y la bandera detrás del arco.
Hay tantos paraísos como personas sueltas por ahí…

Por Fabian Alvarez

  • Tomás Soto

    muy emotivas tus palabras Margarito, siempre te recuerdo volando en el arco de Talleres!